AUTONOMÍA EN EL PARTO Y NACIMIENTO SIN VIOLENCIA

Tener un hijo se ha convertido en algo tan complicado en el mundo occidental,
que pocas mujeres tienen probabilidad de hacerlo de forma natural. La moderna
tecnología de la obstetricia, con sus luces destellantes y sus aparatos
complicados, produce confianza en algunas mujeres, pero atemoriza a otras.
Sheila Kitzinger
La
concepción, incluso la preconcepción, o el embarazo, sea deseado o por sorpresa,
pero asumido en definitiva, inauguran en la pareja o en la mujer una situación
de crisis, de cambios. De crisis en el sentido de que se inician, comienzan a
fluir por primera vez en ellos/as multitud de sentimientos, de pensamientos, de
emociones, de dudas... que formarán parte, quizás la parte más importante de la
evolución de la gestación.
Poco a
poco irán tejiendo el nido sentimental, subconsciente, que alentará y dará
soporte a la formación del carácter y la personalidad del nuevo ser. Este nuevo
ser que también se desarrollará entre cuidados de todo tipo, que trataremos de
observar, de seguir, siempre con las máximas precauciones para no interferir su
delicada trayectoria.
Actualmente muchos estamos de acuerdo en considerar el período de la gestación
no como una enfermedad sino como un estado de salud que requiere sus atenciones,
pero un estado abierto a vivir las mejores emociones, a dar cabida a las mayores
alegrías. A una predisposición para adoptar cambios positivos en los hábitos de
la vida diaria (alimentarios, higiénicos), a un período de reflexiones sobre el
pasado, el presente y el futuro de nuestras relaciones de pareja, de nuestras
relaciones con la madre, con los padres. Muchas parejas son jóvenes y acaban de
vivir o están todavía intentando resolver problemas con la generación de sus
padres, conflictos con los roles sociales establecidos para el género femenino o
masculino... y ya están participando en la creación de un nuevo ser.
¡Qué
importante profundizar sobre aquello que desearíamos proyectar de todos estos
valores y conflictos nuestros sobre él! ¡Que importante, qué rico el período de
la gestación si podemos vivirlo tan intensamente!
Estos
embarazos pueden evolucionar vigilados delicadamente sin necesidad de
medicalización
y sin abuso de la tecnología. Si nos encontramos ante embarazos de riesgo,
gemelares, gestaciones de mamás diabéticas o hipertensas, o de familias
portadoras de defectos congénitos, son embarazos que requieren una mayor
atención médica e incluso una mayor dedicación psicológica a fin de que el
recién nacido pueda llegar a una familia más reconfortada desde el punto de
vista emocional. Éstos son los embarazos que deben tener a su alcance la
tecnología de que hoy disponen los hospitales, si llegan a requerirla.
A pesar de
todo ello somos conscientes de que nacer a la vida y la posibilidad de la muerte
siempre se hallan íntimamente ligadas a nuestra existencia. Sabemos que
actualmente el índice de mortalidad perinatal en los hospitales de los países
desarrollados oscila en torno a siete/quince bebés muertos por cada mil nacidos
vivos.
Esta es una cifra muy baja conseguida en los últimos años y difícilmente
reductible, dada la mejora de las condiciones de vida (alimentación, higiene,
vivienda) y la universalización de la asistencia sanitaria... Y la Naturaleza
siempre, en algún momento, guarda un secreto que se nos escapa.
Cuando
tenemos la tranquilidad de unas condiciones ambientales favorables, de mayores
conocimientos, posibilidad de acceso a los recursos técnicos en caso
necesario..., podemos plantearnos la idea de fomentar un nacimiento autónomo,
libre, familiar, más parecido al de nuestras abuelas. En aquellos días el
índice de natalidad era mucho más alto, la disgregación y dispersión de la
familia todavía no era una realidad hasta el punto que lo es actualmente;
todavía cada individuo, cada persona se desarrollaba en un entorno, fuese rural
o urbano, interfamiliar o familiar mucho más amplio del que hoy tenemos. Madres,
hermanas, tías, primas, amigas, podían coincidir embarazadas. Cualquier momento
era bueno, cualquier espacio era punto de reunión, para comentar las incidencias
de cada cual, se formaba un saber colectivo, una confianza colectiva, una
ilusión y también unos miedos o unas dudas colectivas, pero allí estaban
personas con experiencia dispuestas a colaborar: la comadrona, las abuelas...
Es
evidente que la mortalidad era más alta, ya he dicho que las condiciones
sociales y sanitarias eran otras.
Llegado el
feliz momento del día del parto cada una contaba con la ayuda de las demás y las
demás con la de una y con la de la comadrona. Ella era quien decidía si era
necesaria la presencia del médico en un momento dado. El puerperio y la crianza
seguían siendo tarea en común.
Hoy esta
experiencia colectiva no existe. Cada mujer embarazada, viva sola o en pareja,
acostumbra a ser la única embarazada entre sus familiares y conocidos;
difícilmente coincide con otra de su trabajo, de su escalera, de sus amigas,
quizás si ya tiene niños coincida con otra mamá del colegio de su hijo. Difícil
comunicar experiencias, sentimientos, emociones, dudas... Difícil compartir,
difícil ayudar.
Diría que
estas sociedades tan económicamente desarrolladas, tan informatizadas y tan
poderosas, se están convirtiendo en las más pobres, en las más subdesarrolladas
en relaciones humanas y personales: muchos seres aislados, acomplejados, llenos
de temores, algunos apartados porque no dan la talla, unas élites arrasadoras,
una agresividad social fruto de la voraz competencia, Gobiernos con derecho a
llevar a la guerra y matar las vidas que nosotras cultivamos...
La familia
nuclear en que empezamos a crecer algunos de nosotros y en la que están
creciendo la mayoría de las nuevas generaciones, el aislamiento social a que
conduce el consumismo, la segunda vivienda... son elementos nuevos, propios de
esta sociedad de "progreso" que en su día podremos analizar si no nos están
abocando a una involución de la conciencia y la convivencia humanas.
En estas
condiciones es difícil que una mujer pueda ayudar en el parto de su sobrino, o
de su primo, o del hijo de su amiga. También es difícil que lo pueda hacer su
madre, su tía, su abuela... porque han oído tantas veces que todo ha cambiado
tanto que no se atreverían a intervenir, casi ni a opinar.
Esta
soledad tratamos de paliarla reuniendo grupos de mujeres o de parejas
embarazadas para que en la medida de lo posible cubran estas necesidades de
comunicación, y establezcan lazos de confianza y amistad, de información.
Desde
estos grupos creamos espacios de convivencia, de intercambio, de información con
el fin que los nuevos bebés sean traídos al mundo por madres, parejas, más
autónomas, más confiadas en su naturaleza, en su saber ancestral del arte de
parir, en su fuerza, en su ilusión por vivir las sensaciones más hermosas que el
cuerpo humano puede ofrecer.
Resultando
una reafirmación de autosuficiencia, de auto poder, de autoestima que vivida por
la madre e incorporada a su consciencia e inconsciente, formará definitivamente
parte de su experiencia vital que se transmite al recién nacido, que le alimenta
y edifica como lo hará el calor y el amor con que le amamante.
Otras
influencias generarán actitudes de debilidad y dependencia que se resumen
fácilmente en: "lo que usted diga, doctor", o, "¿me he portado bien, doctor?".
Amigas,
crecer, crecer y crecer es la posibilidad que se nos ofrece desde el día que se
nos enciende la chispa de la creación y decidimos caminar esta aventura
adelante.
EL
DOLOR EN EL PARTO
Razones
para que el parto sea doloroso no nos faltan.
Cierto que
las funciones fisiológicas, respirar, digerir, ver, oír..., no nos duelen salvo
cuando algo no funciona. El dolor nos advierte de que algo va mal.
La
gestación y el parto son también funciones fisiológicas y por tanto sólo en caso
de dificultades deberían presentarse con dolor.
Sin
embargo algunas mujeres, quizás la mayoría, viven el parto como algo doloroso.
La
literatura, la historia de la obstetricia, conversaciones con personas mayores
de nuestro propio entorno o con personas de países en que la tecnología no está
al alcance de la mano ni siquiera cuando es necesaria, me han permitido observar
que partos con graves problemas han ocasionado verdaderas tragedias, a veces
totalmente imposibles de evitar o de paliar que han acabado con la muerte
tormentosa del niño y de la madre. Cuando no era posible realizar una cesárea,
¿qué ocurría con un niño dispuesto a nacer en posición transversa, es decir,
que no podía descender por el canal del parto?, ¿qué ocurría con la madre y el
niño en caso de tener una placenta previa, es decir, una placenta situada
tapando el cuello del útero y que cuando éste empezaba a modificarse para
abrirse, la placenta iniciaba una hemorragia que no se detenía? Cuando no
podíamos usar los antibióticos, ¿qué sucedía cuando una placenta retenida estaba
ocasionando una hemorragia fatal para la madre, pero que si la retirábamos con
la mano podía dar lugar a una infección igualmente fatal?
Situaciones como éstas, imprevisibles muchas veces y sin solución casi siempre,
eran temidas por las mujeres.
Cuando una
complicación de este tipo se daba y la noticia llegaba, se extendía el pánico
entre las mujeres porque se veían en la posibilidad de sufrir el mismo
problema. Esta puede ser una de las razones por las que cada parto se ha visto
como un acontecimiento cargado de riesgos e incertidumbres.
Sin
embargo, también he podido observar que a pesar de los temores, en general, las
mujeres esperaban sus partos más confiadas y éstos se desarrollaban con más
facilidad. Al no existir tanto dominio de la naturaleza, tanto control y tanta
programación, seguramente que los procesos, incluso de enfermedad y muerte, se
vivían con más aceptación. Y también el parto transcurría con más espontaneidad.
Hoy, morir
a causa de una placenta previa o de una infección es una posibilidad muy lejana
en Europa y en otros países. Por tanto este miedo, este pánico, esta situación
de alerta, de tensión que condiciona el dolor, debería ir cediendo. Deberíamos
sentirnos más confiadas al disponer de un diagnóstico precoz que nos permite
tomar decisiones a tiempo. Tener acceso a los hospitales, a una cesárea, a un
tratamiento en caso de necesidad debería tranquilizarnos.
Sin
embargo, en muchas ocasiones seguimos sintiendo las contracciones del útero como
dolorosas. ¿Por qué?
Quizás
porque no estamos convencidas de que los graves peligros que rodeaban el parto
prácticamente han desaparecido.
Quizás
porque hemos hecho y estamos haciendo grandes esfuerzos para controlar el
cuerpo, en aspectos tanto físicos como funcionales.
Quizás por
el enorme sedentarismo en que vivimos. Los escasos movimientos que desarrollamos
en comparación con la capacidad de nuestro cuerpo.
Quizás al
notar las primeras contracciones nos tensamos, nos ponemos rígidas, nos oponemos
a ellas, casi las convertimos en calambres, en lugar de soltarnos, de dejarnos
llevar, de sentirlas como una ola que eleva nuestro cuerpo. Vienen y se van.
Acompañar las contracciones con la respiración, sin modelos preconcebidos, sin
instrucciones previas, simplemente dejando que suceda, tenuemente, relajando,
abriendo el cuerpo entero.
Seguramente los protocolos hospitalarios con que se recibe a la partera la
sitúan totalmente fuera de su intimidad, de su territorio, del entorno de
personas conocidas.
Colocar
una vía endovenosa, tactos vaginales de manos de extraños que lejos de acercarse
a la mujer con la mirada y transmitirle confianza, alejan esa mirada al techo o
al último rincón; necesitan ser asépticos, impermeables, para dar órdenes en
lugar de pedir permiso y ofrecer explicaciones.
Romper la
bolsa de las aguas y goteos de oxitocina que inducen unas contracciones tan
intensas y fuertes, llevan a la mujer al límite de sus fuerzas y a solicitar que
le administren la anestesia.
El
monitoreo continuo le niega la libertad de movimiento, de pasear... tan
necesario durante el trabajo de parto. Además posiblemente le nieguen el
alimento sólido o líquido.
Estos son
los protocolos más generalizados para proceder a la asistencia de un parto
normal.
Para que a
una persona que ingresa en un hospital se le aplique un protocolo parecido debe
presentar un estado de gravedad de cierta consideración. Posiblemente esta sea
otra de las causas que en la actualidad frena más la idea de que el parto es un
hecho natural, fisiológico, lleno de connotaciones emocionales que debiera
transcurrir en la intimidad, entre sensaciones nuevas, pero no entre dolores.
SUBIR
PODRÍA SER ASÍ
Si una
madre decide parir según su cuerpo le pida, siguiendo su instinto milenario,
acumulado en los genes de millones de generaciones, y lo hace, comunicará a su
hijo y a su entorno la voluntad de una buena interrelación con la naturaleza y
con su cuerpo, su capacidad de encontrar solución día a día a las necesidades
que en su cuerpo se vayan presentando y esta confianza irá impregnando a los
que la rodean.
Es
importante conocer en qué consiste el parto para que nuestra conciencia y
nuestra inteligencia nos ayuden en una tarea para la que nuestro cuerpo ya está
preparado, fundamentalmente a alejar los tabúes, a saltar barreras, a vencer
resistencias... y permitir que el instinto innato fluya libremente. Como dice
Ina May, se trata de poner el cuerpo de la madre a disposición del/la niño/a que
va a nacer.
Nos
ayudará sentir como el útero empieza a entrenar sus contracciones semanas antes
del parto y conocer estas sensaciones que se reproducirán con una nueva
frecuencia e intensidad. También notamos como está colocado el niño/a, donde nos
da patadas y como va consiguiendo introducir su cabeza o sus nalgas en nuestra
pelvis.
Cada
contracción va seguida de un tiempo de quietud, es bueno saber aprovechar este
tiempo para relajarnos, casi dormirnos si nos sentimos cansadas.
Durante el
período de dilatación, en que el útero abre su cuello hasta dejar pasar al
niño/a, nuestra tarea más importante es relajarnos el máximo para que la
resistencia sea la mínima. Nos puede ayudar: pasear, un baño o una ducha de agua
caliente, acurrucarnos en la cama o en una mecedora... lo que tu cuerpo te pida.
Si tienes sed, un jugo de frutas natural o una infusión endulzada con miel
pueden darte energías.
Después de
la dilatación la cabeza del niño/a inicia su camino hacia la vagina, presiona
sobre el recto y da sensación de necesidad de pujar, la sensación se vuelve
inevitable, es el "reflejo de expulsión". Se trata de dejarnos llevar por el
instinto y así avanzará por la vagina hasta salir.
Seguramente en algún momento diremos: "ya no puedo más", "hacedme lo que sea",
“ayudadme”...
Todas,
casi todas, tenemos un momento en que nos parece que las fuerzas se nos acaban.
Pero no es así. Es el momento en que la medicina ortodoxa aprovecha, si no lo ha
hecho antes, para ofrecernos la anestesia, ratificando nuestra debilidad y
confirmando su don de salvación. Todas, todas, todas podemos superar este
momento y continuar hasta regalarnos el/la recién nacido/a. A veces nos anima
poner nuestros dedos en la vagina y tocar sus cabellos, a veces ver en un espejo
como nuestra vulva va abriéndose y asoma su cabecita.
Comprobamos que nuestros límites están más allá. Que podemos. Nos crecemos.
Antes de
que acabe de salir es importante no pujar tan fuerte, es necesario dar tiempo a
la vulva para que acabe su dilatación lentamente para que no se desgarre. Una
actitud activa, serena por nuestra parte nos puede incluso permitir recibir
el/la niño/a en nuestras manos. Primero sale la cabeza y tranquilamente en la
siguiente contracción esperamos que salga el resto del cuerpo.
Para
pujar podemos encontrarnos más cómodas en cuclillas, de pie, reclinadas hacia
delante en nuestra pareja, en una mesa, en una silla, sobre la cama, de
rodillas... dentro o fuera del agua.
Después de
que tu hijo/a nazca, mientras te lo miras y acurrucas, una nueva y pequeña
contracción expulsará espontáneamente la placenta.
Sin prisas
el papá puede cortar el cordón, símbolo de la independencia que adquiere la
nueva vida. Pero el vínculo ya establecido ha creado un lazo que nunca se
romperá.
El/la
recién nacido/a en su primera hora de vida tiene los reflejos especialmente
vivos, por ello vale la pena satisfacer su necesidad de calor y acogida de la
madre para acercarlo al pecho y dejar que succione. La acción de mamar
alimentará su necesidad de afecto y estimulará en los próximos tres o cuatro
días la venida de la leche.
Esta
pequeña descripción puede darte una idea de cómo puede transcurrir un parto,
dando cabida a todas las peculiaridades de cada uno. Sin embargo, no hace falta
que memorices nada, tu cuerpo y tu hijo/a te lo recordarán en cada momento.
Coincido
con el Dr. J. Gol cuando definía la salud como: “La forma de vida que permite
a las personas ser autónomas, con el mínimo posible de limitaciones y
dependencias; solidarias, ya que no es posible el crecimiento sin colaborar con
los demás; y gozosas, satisfechas a nivel profundo y con una buena relación con
la realidad, con ganas de avanzar e ilusión de cambio, aunque en determinadas
zonas de su cuerpo se encuentren mal".
Se trata,
en definitiva, que las personas reconozcan sus facultades para defender su salud
y no caigan de una manera inconsciente, débil o sumisa, en una dependencia de
otros, sean personas, médicos de cualquier tendencia, medicinas o remedios de
todas clases. Que se nieguen a ser “pacientes”, en todo caso yo las prefiero
rebeldes, porque habitualmente ser “rebelde” supone una mayor toma de
conciencia.
Primero
estimular el autoconocimiento, el autocuidado, la autocuración y después
acudir en busca de ayuda, la que mejor nos resulte.
En este
sentido el nacimiento vivido como estado de salud, emocionalmente un momento
fantástico, movilizador de energías..., debe formar parte de estas oportunidades
de crecimiento personal que la vida nos ofrece de forma importante en contadas
ocasiones, aunque tratemos de ascender día a día, uno a uno, sus peldaños.
El/la
recién nacido/a fruto de esta trayectoria, la impregnará en su inconsciente y se
forjará más fuerte, más autónomo, más libre de dependencias y posiblemente desde
su autonomía más solidario/a si el entorno le acompaña y puede escapar de sus
peores influencias.
En esta
delicada tarea desearía que nos encontráramos.
Dra.
Montserrat Catalán i Morera
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