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17 de julio de 2010

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AUTONOMÍA EN EL PARTO Y NACIMIENTO SIN VIOLENCIA

Tener un hijo se ha convertido en algo tan complicado en el mundo occidental, que pocas mujeres tienen probabilidad de hacerlo de forma natural. La moderna tecnología de la obstetricia, con sus luces  destellantes y sus aparatos complicados, produce confianza en algunas mujeres, pero atemoriza a otras.

Sheila Kitzinger

 

La concepción, incluso la preconcepción, o el embarazo, sea deseado o por sorpresa, pero asumido en  definitiva, inauguran en  la pareja o en la mujer una situación de crisis, de cambios. De crisis en el sentido de que se inician, comienzan a fluir por primera vez en ellos/as multitud de sentimientos, de pensamientos, de emociones, de dudas... que formarán parte, quizás la parte más importante de la evolución de la gestación.

Poco a poco irán tejiendo el nido sentimental, subconsciente, que alentará y dará soporte a la formación del carácter y la personalidad del nuevo ser. Este nuevo ser que también se desarrollará entre cuidados de todo tipo, que trataremos de observar, de seguir, siempre con las máximas precauciones para no interferir su delicada trayectoria.

Actualmente muchos estamos de acuerdo en considerar el período de la gestación no como una enfermedad sino como un estado de salud que requiere sus atenciones, pero un estado abierto a vivir las mejores emociones, a dar cabida a las mayores alegrías. A una predisposición para adoptar cambios positivos en los hábitos de la vida diaria (alimentarios, higiénicos), a un período de reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestras relaciones de pareja, de nuestras relaciones con la madre, con los padres. Muchas parejas son jóvenes y acaban de vivir o están todavía intentando resolver problemas con la generación de sus padres, conflictos con los roles sociales establecidos para el género femenino o masculino... y ya están participando en la creación de un nuevo ser.

¡Qué importante profundizar sobre aquello que desearíamos proyectar de todos estos valores y conflictos nuestros sobre él! ¡Que importante, qué rico el período de la gestación si podemos vivirlo tan intensamente!

Estos embarazos pueden evolucionar vigilados delicadamente sin necesidad de medicalización y sin abuso de la tecnología. Si nos encontramos ante embarazos de riesgo, gemelares, gestaciones de mamás diabéticas o hipertensas, o de familias portadoras de defectos congénitos, son embarazos que requieren una mayor atención médica e incluso una mayor dedicación psicológica a fin de que el recién nacido pueda llegar a una familia más reconfortada desde el punto de vista emocional. Éstos son los embarazos que deben tener a su alcance la tecnología de que hoy disponen los hospitales, si llegan a requerirla.

A pesar de todo ello somos conscientes de que nacer a la vida y la posibilidad de la muerte siempre se hallan íntimamente ligadas a nuestra existencia. Sabemos que actualmente el índice de mortalidad perinatal en los hospitales de los países desarrollados oscila en torno a siete/quince bebés muertos por cada mil nacidos vivos.

Esta es una cifra muy baja conseguida en los últimos años y difícilmente reductible, dada la mejora de las condiciones de vida (alimentación, higiene, vivienda) y la universalización de la asistencia sanitaria... Y la Naturaleza siempre, en algún momento, guarda un secreto que se nos escapa.

Cuando tenemos la tranquilidad de unas condiciones ambientales favorables, de mayores conocimientos, posibilidad de acceso a los recursos técnicos en caso necesario..., podemos plantearnos la idea de fomentar un nacimiento autónomo, libre, familiar, más parecido al de nuestras abuelas. En  aquellos días el índice de natalidad era mucho más alto, la disgregación y dispersión de la familia todavía no era una realidad hasta el punto que lo es actualmente; todavía cada individuo, cada persona se desarrollaba en  un entorno, fuese rural o urbano, interfamiliar o familiar mucho más amplio del que hoy tenemos. Madres, hermanas, tías, primas, amigas, podían coincidir embarazadas. Cualquier momento era bueno, cualquier espacio era punto de reunión, para comentar las incidencias de cada cual, se formaba un saber colectivo, una confianza colectiva, una ilusión y también unos miedos o unas dudas colectivas, pero allí estaban personas con experiencia dispuestas a colaborar: la comadrona, las abuelas...

Es evidente que la mortalidad era más alta, ya he dicho que las condiciones sociales y sanitarias eran otras.

Llegado el feliz momento del día del parto cada una contaba con la ayuda de las demás y las demás con la de una y con la de la comadrona. Ella era quien decidía si era necesaria la presencia del médico en un momento dado. El puerperio y la crianza seguían siendo tarea en común.

Hoy esta experiencia colectiva no existe. Cada mujer embarazada, viva sola o en pareja, acostumbra a ser la única embarazada entre sus familiares y conocidos; difícilmente coincide con otra de su trabajo, de su escalera, de sus amigas, quizás si ya tiene niños coincida con otra mamá del colegio de su hijo. Difícil comunicar experiencias, sentimientos, emociones, dudas... Difícil compartir, difícil ayudar.

Diría que estas sociedades tan económicamente desarrolladas, tan informatizadas y tan poderosas, se están convirtiendo en las más pobres, en las más subdesarrolladas en relaciones humanas y personales: muchos seres aislados, acomplejados, llenos de temores, algunos apartados porque no dan la talla, unas élites arrasadoras, una agresividad social fruto de la voraz competencia, Gobiernos con derecho a llevar a la guerra y matar las vidas que nosotras cultivamos...

La familia nuclear en que empezamos a crecer algunos de nosotros y en la que están creciendo la mayoría de las nuevas generaciones, el aislamiento social a que conduce el consumismo, la segunda vivienda... son elementos nuevos, propios de esta sociedad de "progreso" que en su día podremos analizar si no nos están abocando a una involución de la conciencia y la convivencia humanas.

En estas condiciones es difícil que una mujer pueda ayudar en el parto de su sobrino, o de su primo, o del hijo de su amiga. También es difícil que lo pueda hacer su madre, su tía, su abuela... porque han oído tantas veces que todo ha cambiado tanto que no se atreverían a intervenir, casi ni a opinar.

Esta soledad tratamos de paliarla reuniendo grupos de mujeres o de parejas embarazadas para que en la medida de lo posible cubran estas necesidades de comunicación, y establezcan lazos de confianza y amistad, de información.

Desde estos grupos creamos espacios de convivencia, de intercambio, de información con el fin que los nuevos bebés sean traídos al mundo por madres, parejas, más autónomas, más confiadas en su naturaleza, en su saber ancestral del arte de parir, en su fuerza, en su ilusión por vivir las sensaciones más hermosas que el cuerpo humano puede ofrecer.

Resultando una reafirmación de autosuficiencia, de auto poder, de autoestima que vivida por la madre e incorporada a su consciencia e inconsciente, formará definitivamente parte de su experiencia vital que se transmite al recién nacido, que le alimenta y edifica como lo hará el calor y el amor con que le amamante.

Otras influencias generarán actitudes de debilidad y dependencia que se resumen fácilmente en: "lo que usted diga, doctor", o, "¿me he portado bien, doctor?".

Amigas, crecer, crecer y crecer es la posibilidad que se nos ofrece desde el día que se nos enciende la chispa de la creación y decidimos caminar esta aventura adelante.

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EL DOLOR EN EL PARTO

Razones para que el parto sea doloroso no nos faltan.

Cierto que las funciones fisiológicas, respirar, digerir, ver, oír..., no nos duelen salvo cuando algo no funciona. El dolor nos advierte de que algo va mal.

La gestación y el parto son también funciones fisiológicas y por tanto sólo en caso de dificultades deberían presentarse con dolor.

Sin embargo algunas mujeres, quizás la mayoría, viven el parto como algo doloroso.

La literatura, la historia de la obstetricia, conversaciones con personas mayores de nuestro propio entorno o con personas de países en que la tecnología no está al alcance de la mano ni siquiera cuando es necesaria, me han permitido observar que partos con graves problemas han ocasionado verdaderas tragedias, a veces totalmente imposibles de evitar o de paliar que han acabado con la muerte tormentosa del niño y de la madre. Cuando no era posible realizar una cesárea, ¿qué ocurría con un niño dispuesto a nacer en  posición transversa, es decir, que no podía descender por el canal del parto?, ¿qué ocurría con la madre y el niño en caso de tener una placenta previa, es decir, una placenta situada tapando el cuello del útero y que cuando éste empezaba a modificarse para abrirse, la placenta iniciaba una hemorragia que no se detenía? Cuando no podíamos usar los antibióticos, ¿qué sucedía cuando una placenta retenida estaba ocasionando una hemorragia fatal para la madre, pero que si la retirábamos con la mano podía dar lugar a una infección igualmente fatal?

Situaciones como éstas, imprevisibles muchas veces y sin solución casi siempre, eran temidas por las mujeres.

Cuando una complicación de este tipo se daba y la noticia llegaba, se extendía el pánico entre las mujeres porque se veían en  la posibilidad de sufrir el mismo problema. Esta puede ser una de las razones por las que cada parto se ha visto como un acontecimiento cargado de riesgos e incertidumbres.

Sin embargo, también he podido observar que a pesar de los temores, en general, las mujeres esperaban sus partos más confiadas y éstos se desarrollaban con más facilidad. Al no existir tanto dominio de la naturaleza, tanto control y tanta programación, seguramente que los procesos, incluso de enfermedad y muerte, se vivían con más aceptación. Y también el parto transcurría con más espontaneidad.

Hoy, morir a causa de una placenta previa o de una infección es una posibilidad muy lejana en Europa y en otros países. Por tanto este miedo, este pánico, esta situación de alerta, de tensión que condiciona el dolor, debería ir cediendo. Deberíamos sentirnos más confiadas al disponer de un diagnóstico precoz que nos permite tomar decisiones a tiempo. Tener acceso a los hospitales, a una cesárea, a un tratamiento en caso de necesidad debería tranquilizarnos.

Sin embargo, en muchas ocasiones seguimos sintiendo las contracciones del útero como dolorosas. ¿Por qué?

Quizás porque no estamos convencidas de que los graves peligros que rodeaban el parto prácticamente han desaparecido.

Quizás porque hemos hecho y estamos haciendo grandes esfuerzos para controlar el cuerpo, en aspectos tanto físicos como funcionales.

Quizás por el enorme sedentarismo en que vivimos. Los escasos movimientos que desarrollamos en comparación con la capacidad de nuestro cuerpo.

Quizás al notar las primeras contracciones nos tensamos, nos ponemos rígidas, nos oponemos a ellas, casi las convertimos en  calambres, en lugar de soltarnos, de dejarnos llevar, de sentirlas como una ola que eleva nuestro cuerpo. Vienen y se van. Acompañar las contracciones con la respiración, sin modelos preconcebidos, sin instrucciones previas, simplemente dejando que suceda, tenuemente, relajando, abriendo el cuerpo entero.

Seguramente los protocolos hospitalarios con que se recibe a la partera la sitúan totalmente fuera de su intimidad, de su territorio, del entorno de personas conocidas.

Colocar una vía endovenosa, tactos vaginales de manos de extraños que lejos de acercarse a la mujer con la mirada y transmitirle confianza, alejan esa mirada al techo o al último rincón; necesitan ser asépticos, impermeables, para dar órdenes en lugar de pedir permiso y ofrecer explicaciones.

Romper la bolsa de las aguas y goteos de oxitocina que inducen unas contracciones tan intensas y fuertes, llevan a la mujer al límite de sus fuerzas y a solicitar que le administren la anestesia.

El monitoreo continuo le niega la libertad de movimiento, de pasear... tan necesario durante el trabajo de parto. Además posiblemente le nieguen el alimento sólido o líquido.

Estos son los protocolos más generalizados para proceder a la asistencia de un parto normal.

Para que a una persona que ingresa en un hospital se le aplique un protocolo parecido debe presentar un estado de gravedad de cierta consideración. Posiblemente esta sea otra de las causas que en la actualidad frena más la idea de que el parto es un hecho natural, fisiológico, lleno de connotaciones emocionales que debiera transcurrir en la intimidad, entre sensaciones nuevas, pero no entre dolores.

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PODRÍA SER ASÍ

Si una madre decide parir según su cuerpo le pida, siguiendo su instinto milenario, acumulado en los genes de millones de generaciones, y lo hace, comunicará a su hijo y a su entorno la voluntad de una buena interrelación con la naturaleza y con su cuerpo, su capacidad de encontrar solución día a día a las necesidades que en su cuerpo se vayan presentando y esta confianza  irá impregnando a los que la rodean. 

Es importante conocer en qué consiste el parto para que nuestra conciencia y nuestra inteligencia nos ayuden en una tarea para la que nuestro cuerpo ya está preparado, fundamentalmente a alejar los tabúes, a saltar barreras, a vencer resistencias... y permitir que el instinto innato fluya libremente. Como dice Ina May, se trata de poner el cuerpo de la madre a disposición del/la niño/a que va a nacer.

Nos ayudará sentir como el útero empieza a entrenar sus contracciones semanas antes del parto y conocer estas sensaciones que se reproducirán con una nueva frecuencia e intensidad. También notamos como está colocado el niño/a, donde nos da patadas y como va consiguiendo introducir su cabeza o sus nalgas en nuestra pelvis.

Cada contracción va seguida de un tiempo de quietud, es bueno saber aprovechar este tiempo para relajarnos, casi dormirnos si nos sentimos cansadas.

Durante el período de dilatación, en que el útero abre su cuello hasta dejar pasar al niño/a, nuestra tarea más importante es relajarnos el máximo para que la resistencia sea la mínima. Nos puede ayudar: pasear, un baño o una ducha de agua caliente, acurrucarnos en la cama o en una mecedora... lo que tu cuerpo te pida. Si tienes sed, un jugo de frutas natural o una infusión endulzada con miel pueden darte energías.

Después de la dilatación la cabeza del niño/a inicia su camino hacia la vagina, presiona sobre el recto y da sensación de necesidad de pujar, la sensación se vuelve inevitable, es el "reflejo de expulsión". Se trata de dejarnos llevar por el instinto y así avanzará por la vagina hasta salir.

Seguramente en algún momento diremos: "ya no puedo más", "hacedme lo que sea", “ayudadme”...

Todas, casi todas, tenemos un momento en que nos parece que las fuerzas se nos acaban. Pero no es así. Es el momento en que la medicina ortodoxa aprovecha, si no lo ha hecho antes, para ofrecernos la anestesia, ratificando nuestra debilidad y confirmando su don de salvación. Todas, todas, todas podemos superar este momento y continuar hasta regalarnos el/la recién nacido/a. A veces nos anima poner nuestros dedos en la vagina y tocar sus cabellos, a veces ver en un espejo como nuestra vulva va abriéndose y asoma su cabecita.

Comprobamos que nuestros límites están más allá. Que podemos. Nos crecemos.

Antes de que acabe de salir es importante no pujar tan fuerte, es necesario dar tiempo a la vulva para que acabe su dilatación lentamente para que no se desgarre. Una actitud activa, serena por nuestra parte nos puede incluso permitir recibir el/la niño/a en nuestras manos. Primero sale la cabeza y tranquilamente en la siguiente contracción esperamos que salga el resto del cuerpo.

Para pujar podemos encontrarnos más cómodas en cuclillas, de pie, reclinadas hacia delante en nuestra pareja, en una mesa, en una silla, sobre la cama, de rodillas... dentro o fuera del agua.

Después de que tu hijo/a nazca, mientras te lo miras y acurrucas, una nueva y pequeña contracción expulsará espontáneamente la placenta.

Sin prisas el papá puede cortar el cordón, símbolo de la independencia que adquiere la nueva vida. Pero el vínculo ya establecido ha creado un lazo que nunca se romperá.

El/la recién nacido/a en su primera hora de vida tiene los reflejos especialmente vivos, por ello vale la pena satisfacer su necesidad de calor y acogida de la madre para acercarlo al pecho y dejar que succione. La acción de mamar alimentará su necesidad de afecto y estimulará en los próximos tres o cuatro días la venida de la leche.

Esta pequeña descripción puede darte una idea de cómo puede transcurrir un parto, dando cabida a todas las peculiaridades de cada uno. Sin embargo, no hace falta que memorices nada, tu cuerpo y tu hijo/a te lo recordarán en cada momento.

Coincido con el Dr. J. Gol cuando definía la salud como: “La forma de vida que permite a las personas ser autónomas, con el mínimo posible de limitaciones y dependencias; solidarias, ya que no es posible el crecimiento sin colaborar con los demás; y gozosas, satisfechas a nivel profundo y con una buena relación con la realidad, con ganas de avanzar e ilusión de cambio, aunque en determinadas zonas de su cuerpo se encuentren mal".

Se trata, en definitiva, que las personas reconozcan sus facultades para defender su salud y no caigan de una manera inconsciente, débil o sumisa, en una dependencia de otros, sean personas, médicos de cualquier tendencia, medicinas o remedios de todas clases. Que se nieguen a ser “pacientes”, en todo caso yo las prefiero rebeldes, porque habitualmente ser “rebelde” supone una mayor toma de conciencia.

Primero estimular el autoconocimiento, el autocuidado, la autocuración y después acudir en busca de ayuda, la que mejor nos resulte.

En  este sentido el nacimiento vivido como estado de salud, emocionalmente  un momento fantástico, movilizador de energías..., debe formar parte de estas oportunidades de crecimiento personal que la vida nos ofrece de forma importante en contadas ocasiones, aunque tratemos de ascender día a día, uno a uno, sus peldaños.

El/la recién nacido/a fruto de esta trayectoria, la impregnará en su inconsciente y se forjará más fuerte, más autónomo, más libre de dependencias y posiblemente desde su autonomía más solidario/a si el entorno le acompaña y puede escapar de sus peores influencias.

En  esta delicada tarea desearía que nos encontráramos.

                                                             Dra. Montserrat Catalán i Morera

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