
Muchas veces me paro a
recordar el nacimiento de Violeta. Intento grabar en mi memoria
las sensaciones, los momentos y las emociones vividas en el
parto. Siempre descubro algo nuevo. Estoy muy agradecida a la
Madre Naturaleza por haber dotado a la mujer de la capacidad de
engendrar y dar vida a un nuevo ser y a la propia naturaleza de
mi cuerpo por haber recuperado el instinto y la intuición para
parir sin dolor.
Creo que mi primer parto,
el nacimiento de mi hija Carmen, fue todo un trabajo de
aprendizaje, de desbloqueo, en el camino hacia el abandono, el
reencuentro con el instinto y con esa memoria ancestral que
permanece en nuestros cuerpos bajo la coraza caracterial de cada
una.
Aquel parto tan intenso,
en el que me sentí tan arropada, animada y ayudada, grabó en la
memoria de cada uno de mis tejidos, de cada una de mis células,
la capacidad de parir, de abrirme, ... derribando todas las
resistencias, abandonándome a las sensaciones, sin huir del
dolor, sumergiéndome en él, para salir fortificada, capaz,
segura.
El parto de Violeta me ha
revelado muchas cosas. Entre ellas, que se puede parir sin
dolor, y sin anestesias desde luego, hablo del parto natural sin
dolor. Todo fluía con una naturalidad aplastante, sin violencia
interna, sin lucha, sin sufrimiento. El cuerpo se abría con la
sutileza de una flor y con una fuerza, como el nacimiento de un
torrente de agua, surgía en mi interior, sin obstáculos, el
cuerpo cedía y la bebé deslizaba su cabecita. Y, sin darme
tiempo a pensar en nada, ahí estaba encima de mi pecho. Había
nacido ella solita. Decidió salir y yo le dejé. Me invadía un
sentimiento de FELICIDAD indescriptible.
Olvido
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