
Me han
dicho que hable de la muerte. Y me encuentro que debo hablar de
la vida. Porque la muerte forma parte de la vida, la vida no se
concibe sin la muerte. La vida es cambio, transformación,
adaptación, evolución.
La
muerte también lo es. Planetas y estrellas mueren y nacen, lo
mismo montañas y rocas. La fisonomía de nuestro planeta esta en
constante cambio, y así la muerte esta viva dentro de nosotros.
Aquí mismo, reunida con nosotros esta la muerte: nuestras
células están envejeciendo y muriendo, alguien esta engendrando
una enfermedad...
Como
dice Rainer Maria Rilke:
La muerte
es grande.
Somos los
suyos
De boca
riente.
Cuando nos
creemos en medio de la vida
Ella se
atreve a llorar
En medio
de nosotros.
Poca
cosa puedo decir sobre la muerte, y poca cosa también sobre lo
que ocurre después de la muerte, porqué aún nadie que se haya
muerto de verdad ha vuelto para explicarme que le pasó. Tenemos
el testimonio de personas que casi han muerto, y tenemos
nuestras propias percepciones en el momento de la muerte de un
ser próximo a nosotros. En ningún otro momento de la vida se
libera tanta energía psíquica que durante el nacimiento y la
muerte. Nacimiento y muerte nos convierten en receptivos,
lúcidos nos hacen llegar a entender muchas de las cosas que la
"vida cotidiana" nos tiene veladas.
Sobre
aquello que ocurre después de la muerte física hay creencias
para todos los gustos, y todas -al menos de las que yo tengo
constancia- intentan consolarnos, encuadrar lo indomable,
explicar lo inexplicable. No es a mí juzgar lo que es cierto y
lo que no lo es.
Pero
he aquí una reflexión: a través de las pruebas de ADN es posible
establecer parentesco con personas muertas hace siglos. A través
de marcadores sanguíneos presentes en personas vivas se puede
seguir la evolución de las razas humanas durante centenares de
milenios. No quiere decir esto que dentro de nosotros siempre
permanece viva una parte de todos nuestros ancestros? Y, sin ir
mas lejos: cuando yo miro mis manos sé que algo de mi padre
todavía está vivo dentro de mí, ya que sus manos eran iguales
que las mías. ¿Que
es entonces la muerte? ¿No
es que vida y muerte están aún más entrelazados de lo que
creemos?
Sí
puedo, y siento que debo, hablar sobre los que nos quedamos en
la tierra, los que debemos despedir a nuestros muertos.
De la
muerte, la pérdida definitiva nace el dolor, el duelo. Y más
aún, cuando muere un hijo nuestro. La muerte de un hijo parece
perversa, cruel, injusta, desgarradora. Sentimos, delante de
ella, rabia, frustración, fracaso, culpa. Nos asaltan
pensamientos como: Esto me pasa por ser mala persona, por no
haber lo cuidado bien, es un castigo divino, es injusto,
¿porque
a mí?, es que yo no me merezco un hijo sano, etc. Delante de una
experiencia tan profunda, aterradora, es fundamental aceptar
todos los sentimientos, todas las emociones y pensamientos que
nos invaden. Debemos tratar de recibirlos, vivirlos y dejarlos
partir. Es fundamental permitirse un tiempo de duelo: un año,
dos años, no más. Un tiempo para sentir, experimentar toda esta
tristeza, toda esta oscuridad, esta desesperación. Un tiempo de
duelo, como otra crisis vital profunda, es como un océano que
hay que atravesar. Perdidos, solos, abandonados, a veces
acompañados en la inmensa desolación. Gritando, llorando,
rompiendo cosas, actuando injustos e irracionales, viajamos a
través de la experiencia, a través del dolor y del llanto, del
miedo.
Porque
es cuando aceptamos de lleno y vivimos a fondo lo que nos
proporciona nuestra vida es cuando descubrimos que no hay
experiencias negativas. Todo, absolutamente todo encierra un
tesoro, encierra belleza, amor, comprensión, ternura, paz, luz.
Allí es donde nos lleva el viaje del dolor, si no lo rechazamos
y si nos enganchamos tampoco a él. Hay dejar a los muertos que
realicen SU viaje. Queriendo retenerlos solo producimos más
sufrimiento y dolor, suyo y nuestro. Porque la vida es cambio,
es encuentro, es separación.
El día
en el que quemaron el cuerpo de nuestro hijo y hermano tuvimos,
todavía lúcidos, iluminados por la experiencia de la muerte y
estando por lo tanto extraordinariamente sensibles y receptivos
una experiencia mística que nos brindó Ulísses, el Orca del
Zoológico de Barcelona. Él cantó para nosotros, y en su canción
entendí que en el fondo del alma no existe separación, que
realmente todos somos UNO. El día que quemaron nuestro hijo fue,
en medio de una inmensa tristeza, uno de los días más hermosos y
felices de mi vida.
Llegados aquí, siento que debo hablar de otra cosa. Una cosa tan
antigua, que parece antiguada, un tanto demodé en nuestros
tiempos de avances médicos y tecnológicos, de crecimiento
personal, de New Age. Esta cosa se llama destino. El Universo
tiene un destino. Nuestro planeta tiene un destino, la
naturaleza tiene que viajar a través del suyo, a través de las
cuatro estaciones, las sequías, las inundaciones. De nada le
sirve al árbol quejarse de las ventadas que le arrancan las
ramas ni de las heladas que le rompen las entrañas, ni de las
sequías que le marchitan las hojas. Lo tiene que sufrir todo, es
su vida, su destino. Y así nosotros también tenemos un destino
que nos toca vivir. Muchas experiencias nos parecen estúpidas,
crueles, injustas, brutales, pero forman parte de nuestra única
y singular vida, de nuestro único e irrepetible destino. Pero
muchas vivencias nos resultan incomprensibles, absurdos porque
no somos capaces de ver el "plano general" de nuestro destino.
Os voy
a explicar una historia. El hermano de mi madre murió a los 16
años. Murió por culpa de un accidente sumamente estúpido, la
ausencia del médico y unas curas inadecuadas. Para mi abuela, la
muerte de su hijo supuso una desgracia de la que nunca más se
recuperó. Pero este hijo suyo era, como tantos otros de su
generación, un activo e ilusionado miembro de las juventudes
hitlerianas y estaba esperando tener la edad suficiente para
alistarse a la SS. Al cumplirse sus expectativas, se llenaría de
una tremenda culpa. Su destino hundió en dolor a su madre, pero
le libró a él de la culpa y de convertirse probablemente en
asesino. ¿Cuál
es la verdadera desgracia?
No
sabemos hasta donde nos lleva nuestro destino, que es lo que nos
tocará vivir, que nos proporciona la muerte. Dejemos pues
libertad a nuestros seres más queridos, también la libertad de
morir cuando su destino los llama.
Tengamos presentes también que la muerte se produce cuando un
ser ha hecho todo lo que tenia que hacer en la tierra. Hay quien
tarda cien años, para otro bastan días.
¿Cuántas
veces un niño enfermo conmueve y transforma a todos los que le
rodean, y, de esta manera enseña más de lo que ha podido enseñar
una persona de 80 años? En la inmensidad de las posibilidades de
la vida, donde coexiste lo rápido con lo lento, la intensidad y
la suavidad, lo brusco y lo dulce, todas las vidas, largas y
cortas, excitantes y aburridas, intensas y superficiales son
igual de válidas.