
Pedro
Canales Duque. Padre de dos hijas.
Antes
de tener a nuestra hija mayor, Candela, la idea que teníamos de
los partos nos la habían proporcionado la gente más cercana a
nosotros. A mí, en concreto, fueron los relatos de mis
familiares (madre, hermanas, primas, etc.) y amigas los que
empezaron a abrirme los ojos.
Mis
hermanas, por ejemplo, comentaban con horror todo lo que habían
sufrido tanto en la dilatación como en el paritorio. Todo era
dolor, sacrificio, sufrimiento. Las frases preferidas de mi
madre que expresaban mejor que nada lo que es un parto "nadie
sabe lo que es dolor si no se ha parido" u otra también muy
relacionada "Nada duele tanto como un hijo, y este dolor
comienza en el parto mismo". Menuda carga. Quizás por herencia,
mi hermana mayor se jacta de que su hijo la dejó hecha polvo (se
rasgó durante el expulsivo) y le "chupó" todo el calcio; así
dice ella, "nació tan guapo, tan bien hecho, se llevo todo lo
bueno de mí". Lo primero que hacemos en nuestra vida es provocar
dolor; a lo mejor tiene que ver con la cultura judeo-cristiana
que nos ha tocado en suerte vivir. Quizás este es un tema para
otro debate y no realmente el que nos ha reunido aquí.
Mis
amigas en general, aun siendo bastante más jóvenes coincidían
básicamente en las líneas maestras. Fue algo sorprendente en
este ambiente que os cuento que una amiga, mi amiga Lore, me
contara el nacimiento de su hija Raquel como algo realmente
maravilloso en el que había habido momentos muy buenos, se
contaron chismorreos, chistes y demás que a los dos, su
compañero y a ella, les provocaron hilaridad, y otros momentos
duros -contracciones, corte de los labios vaginales, sutura
(esta duele un poquito más algunos días después); pero el
nacimiento había sido realmente maravilloso, pudo andar durante
la dilatación, la monitorización era externa y esto la había
aliviado considerablemente.
Nosotros nos dejamos llevar por la inercia del entorno, sin
preocuparnos de nada más de que la hora fuera corta, como te
suelen decir en estos casos. Nos pusimos en las manos de los
médicos y de un parto hospitalario. Os la voy a relatar
brevemente, a ver si podemos sacar algunas conclusiones.
EL EMBARAZO
Una
vez asegurado que Cristina estaba embarazada, nos remitieron a
la matrona de zona.
Muy
amablemente nos explicó en qué consistían los trámites que
teníamos que pasar a lo largo de los meses restantes
(ecografías, revisiones, analíticas.). Para empezar tenían que
abrir la ficha de la enferma (como tal figura en el cartón donde
le solicitan tus datos personales, antropométricos, historial
clínico, etc.) Posteriormente nos comentó que el seguimiento del
embarazo lo iban hacer entre dos matronas, con una periodicidad
bimensual cada una de ellas: una era ella y la otra estaba en
Madrid -nosotros vivimos en un pueblo a 60 Km. de la capital-.
La
primera visita a la matrona de Madrid y última (no volvimos a
coincidir con ella -aunque teníamos previstas 3 más-) fue para
la revisión (la característica fundamental que se controla es el
peso y los niveles de glucosa en sangre, con el consiguiente
atracón de jarabe que todas y cada una de las embarazadas debe
darse) y enviarnos a su vez a la ecógrafa. La relación con esta
profesional fue surrealista (no te saludaba cuando accedías a su
consulta, no podías preguntar; en la primera ocasión que
preguntamos inocentemente y con toda nuestra ilusión si era niña
o niño nos contestó con rotundidad que niña; cuando intentamos
indagar en qué basaba su afirmación, ya que la pantalla, a los
lejos, nada más nos permite intuir a nuestro hijo, nos contestó
que había un 50% de posibilidades.
¡Increíble!
Nos dejó planchados. Le pusimos una reclamación en atención al
paciente por el trato recibido en esta ocasión y por alguna cosa
más, que no es el momento de comentar. La persona que recogió la
reclamación nos contestó que a la ecógrafa se la pagaba
realmente como analista y no por el trato personal con los
pacientes; y como analista era muy buena, aunque no era la
primera, y probablemente tampoco la última, reclamación que
recibía por esta causa. En dos palabras,
¡Impresionante!
La
siguiente visita fue a la matrona del pueblo (peso, malestares,
dudas.) y al siguiente mes nos volvían a mandar a Madrid. Tengo
que comentaros que Cristina tuvo un embarazo fisiológicamente
bueno, aunque sus condiciones laborales (presión, jornada y
contenido del trabajo) no eran las más adecuadas para un
embarazo.
El
profesional que nos recibió era distinto al de la primera
visita. A Cristina no se le pasaban los mareos ni los vómitos,
aunque ya estábamos en el quinto mes de gestación. Le
preguntamos sobre ello y nos contestó con toda la solemnidad que
ya era hora que Cristina aceptara el embarazo, que, claro, le
estaba cambiando el aspecto físico y lo tenía que aceptar, que
si con la coca-cola se le pasaban los mareos que podía seguir
tomando (unos 3 botes al día), pero vamos que lo importante era
la aceptación de su estado, que esa era la causa de los vómitos.
Todavía hoy no sabemos a ciencia cierta a que se estaba
refiriendo, si lo había leído en algún manual al uso o hablaba
de la embarazada anterior.
En la
penúltima revisión, alrededor del séptimo mes y ante unos
niveles de hierro por debajo de los parámetros normales (no así
para las embarazadas), otra matrona -curiosamente la persona con
la que teníamos que habernos visto a lo largo de todo el
embarazo en Madrid- le recetó a Cristina un complemento
farmacológico de hierro. Cuando en la siguiente revisión le
preguntó a mi compañera por la ingesta de las grageas y Cristina
le comentó que no se las había tomado, de forma inmediata apeló
a la responsabilidad de la madre con respecto a sus hijos (nos
pasó algo parecido con la lactancia de Candela algunos meses
después) Cuando le dijo Cristina que el hierro lo podía obtener
de los alimentos directamente y no de los medicamentos, la
matrona no daba crédito ¿Cómo
osaba una enferma cuestionar sus prescripciones y, sobre todo,
tomar decisiones por su cuenta?
PREPARACIÓN AL PARTO
Esta
fase del proceso se produce un par de meses antes del parto.
Consiste básicamente, en una tabla de ejercicios físicos con el
objetivo de aumentar la elasticidad en general y del perineo en
particular, y unos métodos o formas de respiración para que en
el momento de parir poder reproducirla, intentando un estado
relajado que facilite tanto la dilatación como el expulsivo. La
respiración, posiblemente fuéramos unos alumnos poco aplicados,
nos sirvió de muy poco.
En muy
pocas ocasiones se habla del significado del parto, del parto en
sí mismo, excepto de su dimensión fisiológica. Eso si no tienen
empacho en proporcionar los maletines famosos distribuidos
gratuitamente por los laboratorios a través de la matrona entre
las embarazadas que acuden a sus consultas. Alguien podrá pensar
mal sobre cuáles son sus fines últimos de estos maletines.
EL PARTO
Sin
ánimo de aburriros paso a contaros el final, el parto.
Cristina empezó con contracciones sobre la dos de la madrugada,
pero con una incertidumbre: nadie le había explicado cómo son
realmente las dichosas contracciones, cómo reconocerlas en el
inicio; las fuertes y regulares son mucho más fáciles de
identificar. ¿Estaba
de parto? ¿Cuándo
nos vamos? Menos mal que el sentido común de Cristina intervino.
Pasó la noche en duermevela y sobre las nueve de la mañana nos
pusimos en camino. Cuando llegamos a urgencias iba de 4 cm de
dilatación. La suben a planta. A mí ya me dejan fueran "Espere
un momento. Cuando esté preparada ya le avisaremos" me dijeron.
¿Prepararla?,
¿para
qué? Si ya viene con 4 cm de dilatación
¿qué
más tiene que prepararse excepto cambiarse de ropa?
Prepararse significa: rasurarla el pubis -con la pérdida
de intimidad que eso puede suponer para alguien que no esté
acostumbrada-; aplicarla un enema, -con lo que puede
implicar de incomodidad y de significado de enfermedad respecto
alo que te están preparando-; monitorización -lo que supone de
inmovilización y absoluta dependencia del equipo médico-;
encamarla en dilatación junto a otras mujeres en distintos
estados de dilatación -lo que supone de pérdida de
intimidad, desorientación e inseguridad, ya que uno no sabe
hasta que nivel de dolor pueden llegar las contracciones y si
todas las mujeres tienen que llegar al mismo umbral-; y por
último, abrir una vía intravenosa para ir suministrando
aquellos fármacos que crean convenientes -con lo que se
incrementa el significado de prevención y tratamiento de una
enfermedad (el embarazo y el parto)-. De mi se olvidaron.
¡Qué
mala suerte!
Cuando
se les llena la boca de que son tan modernos y progres que
permiten la presencia del padre durante la dilatación y el parto
no deja de ser mera apariencia; el padre es un elemento
decorativo durante el embarazo y, por supuesto, en el parto.
Según
mi opinión es una concesión hecha a regañadientes ante una
demanda creciente (quizás tiene que ser más contundente y no una
mera pose); de hecho cada vez que hacían una revisión de los
centímetros de dilatación de Cristina, inevitablemente a mí me
invitaban a salir de la sala.
Entré
una hora y media después de que se llevaran a Cristina.
La
predisposición a informarnos de los profesionales sanitarios
sobre el proceso fue fantástica.
Ante
nuestras preguntas la respuesta invariable era "todo va bien; es
un proceso largo y hay que tener paciencia". Realmente lo que
necesitamos es acogimiento y apoyo, probablemente con algún dato
para poder hacernos una idea, la nuestra. Con este tipo de
respuestas todo el control lo tienen los profesionales, no la
mujer, que queda expuesta, indefensa, a merced del cuerpo
médico.
Después de dos horas y media de dilatación, tumbada y en un
lugar donde hacía mucho calor, Cristina necesitaba beber agua. "¡Pero
cómo se le ocurre pedir agua, si tiene el suero puesto! No puede
tener sed. El suero satisface todas las necesidades"
¡si
lo sabrán ellas! "No puede beber agua. Como mucho, y si no puede
aguantar, lo que puede hacer -en el colmo de la generosidad- es
humedecerse los labios con una gasa". Todos sabemos porqué no
pueden beber agua las mujeres durante la dilatación y no tiene
nada que ver con la salud del bebé, ni con la de la madre, ni,
por supuesto, con el parto.
Alrededor de la cuatro horas y media de dilatación parecen que
las contracciones no tienen la intensidad necesaria, no están
siendo eficaces, con lo cual inyectan en la bolsa de suero dos
sustancias de las cuales, por supuesto, no te informan. Te
cuentan que te van ayudar (en el informe médico posterior nos
enteramos que una era oxitocina y la otra haloperidol: la
primera de ellas incrementa la intensidad de las contracciones
uterinas -acelera el parto, lo que aumenta el dolor en cada
contracción, ya que estamos forzando la máquina-; la segunda
permitía dormirse a Cristina entre contracción y contracción -en
este momento su frecuencia era de un minuto-.
A las
cinco horas de dilatación pasan a hacer la revisión; por
supuesto a mí me mandan al pasillo. Cuando estoy en el otro lado
de la puerta oigo un quejido impresionante de mi compañera.
Intento averiguar qué pasa y me dicen que ya ha llegado el
momento. No me dejan entrar; a cambio me dan un traje verde con
gorro y fundas para los zapatos. Todo muy aséptico.
A
Cristina se la han llevado al paritorio. Cuando llego están
tumbada en una camilla con las piernas en alto. Dos pujos y
fuera, Candela está con nosotros.
Cuando
nace Candela, la ponen sobre el regazo de su madre. Al poco
tiempo hay que limpiarla.
La
ponen en un mostrador iluminado y calentado por una lámpara muy
potente, mientras a Cristina la cosen el corte de los labios
vaginales. La costura es buena y limpia. A mi hija se la llevan
a hacerle pruebas. Yo no volvería a verla hasta un buen rato
después.
En
realidad, todo lo que acabo de relataros es un embarazo y un
parto que podríamos calificar de normal, dentro de los
parámetros hospitalarios, incluso hasta bueno; no hubo ningún
tipo de complicación y la dilatación no duró en exceso. Y todo
esto que os he contado ¿qué
tiene que ver con el título de esta mesa? Todo está grabado en
mi cuerpo, mi cerebro, mis células. Vamos a intentar sacar
algunas conclusiones a partir de esta experiencia. Hay que
señalar en primer lugar que estas reflexiones las he podido
realizar una vez vivido el nacimiento de mi segunda hija. Lola
nació en casa. Cuando "decidimos" ponernos en manos de los
profesionales de la medicina para traer a nuestros hijos a este
mundo, hacemos exactamente eso, quizás sin demasiada conciencia,
pero lo hacemos; les dejamos a estas personas todo el
protagonismo (análisis de la situación, decisiones importantes.)
de un proceso para el que las mujeres están genéticamente
preparadas. y en el que tan sólo necesitan, desde mi modesta
opinión, que les proporcionen información, confianza en sí
mismas y bastante cariño. Cuando estos profesionales asumen el
control pueden, aún a pesar de sus buenas intenciones, de las
que no dudamos, proporcionar a las mujeres los siguientes
sentimientos y sensaciones:
-
Confusión e inseguridad. Los médicos tienen la increíble
capacidad de transmitirte que los que más saben de lo que te
está pasando son ellos. Si no fuera por los médicos iríamos
apañados. Es más, nos intentan convencer sobre qué es lo que
debemos sentir, a pesar que reiteradamente tu sientas de modo
diferente.
-
Falta de confianza en uno mismo. Cuando te ponen en un brete
sobre lo que está sucediente en tu cuerpo y lo que te dicen que
debe de suceder, sobre todo cuando no tienes ninguna otra
referencia, pones la decisión fuera de ti mismo y comienzas a
darle la razón a pesar de lo que te indique tu cuerpo. Además,
no es que tu cuerpo está preparado para parir sino que tienes
que sentirte tranquilo por que ellos están aquí para salvarte.
Esto lo tenemos tan internalizado que hemos delegado nuestra
salud en manos distintas a las nuestras. Hace dos días, durante
una comida de trabajo, uno de los comensales comentaba el parto
de la mujer de un compañero que había sucedido en un taxi.
Cuando llegaron a la puerta del hospital el niño ya había nacido
(por supuesto sin complicaciones), pero respiraron aliviados
cuando vieron que les estaban esperando los médicos en la puerta
para ayudarles.
- La
culpa. Si no haces o discutes lo que ellos prescriben con sus
métodos científicos te tachan de irresponsable con una facilidad
pasmosa, y por supuesto la responsabilidad de la evolución del
embarazo, parto y crecimiento de tu hijo es absolutamente tuya
(siempre es así, aunque te intentan hacer ver lo contrario), lo
que puede suponer un estado de indefensión absoluto, ya que no
tienes la capacidad de decisión y sí todas las consecuencias que
se derivan de las mismas.
-
Probablemente la autoestima se resienta también por la
pérdida de control de un proceso.
Necesitas ayuda para algo, parir, para lo que estás preparada
genéticamente y, sin embargo, no lo consigues por ti misma; ni
tan siquiera te dan esa oportunidad.
-
Dependencia, pérdida de autonomía y falta de compromiso respecto
a tu salud. En los temas relacionados con la salud realmente
somos pacientes (de paciencia y de pasividad).
Poco
puedes hacer más que seguir las recomendaciones de los
especialistas que son los que saben qué es lo que realmente te
está pasando y cómo solucionarlo, como se encargan de
recordártelo todos los días.
- La
medicación administrada durante el parto parece que puede ser
que influya en el desarrollo de ciertos comportamientos
adictivos en la persona en un futuro no muy lejano, sin
entrar a valorar los efectos secundarios inmediatos.
- La
relación con el bebé a través del dolor. Cuando he escuchado
relatos de partos en casa, no es el sufrimiento y el dolor la
palabra que con más frecuencia se utiliza. Todo es más relativo.
Sin embargo, los partos hospitalarios, en general, sí son
descritos como más dolorosos. Posiblemente tengan más que ver
que los nacimientos tienen que acoplarse con los horarios de los
profesionales y sus turnos, que con el proceso natural del
parto. A lo mejor esta es una de las causas de la utilización de
la oxitocina para acelerar los partos, lo que puede traer
consigo un incremento del dolor (no se les permite a las mujeres
dilatar en su tiempo natural) Rizando el rizo, si el dolor es
casi insoportable (te medican de nuevo para que puedas
soportarlo) el recibimiento a tu hijo es desde ese dolor y no de
la emoción de ver por fin a ese ser deseado; es muy difícil
abstraerse cuando te sientes desvalido. El chantaje emocional es
una herramienta perfectamente afilada en la relación con los
hijos. La piedra de amolar posiblemente sea el parto.
Frialdad y asepsia en el acogimiento:
quien recibe a tu hijo no eres tú, es un profesional que en
pocos minutos le separa de su madre para comprobar todos los
parámetros que el protocolo manda; eso sí, lejos de sus padres,
y además, en un entorno frío (sin cariño y con temperaturas
bajas), pero muy desinfectado. En definitiva, si durante el
embarazo y el parto puedes sentirte de la manera descrita
anteriormente parece razonable suponer que tu hijo pueda estar
bebiendo de estas sensaciones (frecuencia cardiaca, estrés
emocional, sudoraciones, ideas reiterativas, miedos difusos.)
que pasan a través de su torrente sanguíneo, sistema nervioso. y
que, de un modo u otro, pueda empezar a llenar su mochila con
semejante equipaje desde su más tierna existencia.
Lo
único que hace falta ya es ponerle nombre a esas sensaciones
para cerrar el círculo; eso es lo que se lleva, entre otras
cosas, en el momento de nacer.