
DE QUÉ
MANERA LA GLOBALIZACIÓN ESTÁ AFECTANDO
EL PARTO Y
EL NACIMIENTO
Probablemente la mayoría de vosotros sabéis que Estados Unidos
ha sido el primer país en la historia que ha eliminado la
profesión de comadrona. Siguiendo el liderazgo de Estados
Unidos, Canadá fue el segundo país, haciendo de la mayor parte
del continente de América del Norte un territorio ilegal para el
ejercicio de la profesión de comadrona. Sólo la barrera
lingüística y las profundas diferencias culturales entre Estados
Unidos y México protegió a las «parteras» mejicanas de este
fenómeno. La aniquilación de la matronería fue un experimento
social de carácter masivo que, durante un largo período, causó
para las mujeres la pérdida de una fuente de conocimiento sobre
las capacidades de sus propios cuerpos. Generaciones sucesivas
de mujeres norteamericanas no creían que podían dar a luz sin
fórceps, analgésicos, hospitales, doctores y episiotomías. Por
otra parte, ya nadie creía que la leche materna fuera buena, ya
que muy pocos médicos sabían algo sobre la lactancia materna.
Siguiendo los consejos de sus médicos, las mujeres muy
obedientes, alimentaron a sus hijos con leche de vaca, creyendo
que esta alimentación produciría niños más sanos que los niños
alimentados con su propia leche.
Todos
estos cambios radicales sucedieron en el mismo período en que
las mujeres norteamericanas obtenían por primera vez el derecho
de voto. De hecho la matronería había sido ya destruida en EU y
Canadá antes de que las feministas se dieran cuenta de cuán
importante era una matronería fuerte y autónoma para proteger el
conocimiento y la sabiduría de las mujeres en cuánto a su
capacidad de parir y amamantar. Las feministas tenían en esa
época muchas otras prioridades, por lo cual los temas ligados al
nacimiento no emergieron durante un largo período.
Durante la primera parte del siglo XX, fue difícil para las
mujeres darse cuenta de que no eran los hospitales y los médicos
los que hacían que un nacimiento fuera más seguro que 100 años
antes. No tenían consciencia de que eran las mejores condiciones
sanitarias, el agua potable, las mejores vías de comunicación y
de accesibilidad, junto con la técnica de transfusión sanguínea
las que contribuyeron a reducir constantemente las tasas de
mortalidad materna entre 1936 y los años 1970 y no el hecho de
que 99% de los nacimientos fueran hospitalarios.
Cuando
las mujeres comenzaron a entender esto, reaccionaron en contra
de la deshumanización de los partos hospitalarios, quedándose en
sus domicilios para dar a luz con amigas que escogían para
oficiar de comadronas. Este fenómeno cogió por sorpresa al
cuerpo médico. El movimiento de parto natural que comenzó en los
años 60 demostró que las mujeres podían, mediante la
organización y la acción directa resucitar una profesión que
había sido despreciada y rechazada. Cuando mujeres
norteamericanas -como fue mi caso-, descubrimos formas de
aprender a ser comadronas, supimos que Europa y el resto del
mundo no habían seguido el ejemplo de EU y que por el contrario,
habían mantenido la profesión, y en el caso de los países más
avanzados, habían formalizado la formación de comadronas. Quizás
no puedan imaginar cuán excitante fue para nosotras, en EU,
saber y darnos cuenta que la matronería había sobrevivido en
todas partes. Comencé a entender que las comadronas en Europa no
habían sobrevivido en todos los casos con su profesión intacta.
Por «intacta» entiendo con el tipo de autonomía que nosotras por
lo menos en nuestro pueblo, consideramos necesaria. Pero con una
profesión legal y aparentemente floreciente en todos los países
europeos, pensamos que los europeos estaban más adelantados que
los americanos y que habían evitado la pérdida de los
conocimientos acerca del parto que habían sufrido las mujeres en
EU y Canadá. Esta pérdida del conocimiento que produjo un
incremento tan importante de cesáreas y de partos
instrumentados.
Empecé
a ser consciente de los efectos de la globalización en el
nacimiento a través del mundo cuando leí acerca de cómo los
grupos hospitalarios americanos compraban hospitales en
cualquier país rico donde había hospitales para comprar. Este
fenómeno me chocó y me preocupó, porque supone que estas
empresas estaban lanzando sus tentáculos tan lejos como podían y
-si la gente y los gobiernos se descuidaban-, las corporaciones
americanas iban a influenciar la atención sanitaria en países
que estaban actualmente brindando una mejor atención sanitaria
que la que muchos ciudadanos americanos reciben. De la misma
manera que la firma MacDonalds se expandió en el mundo como una
enfermedad contagiosa, así el estilo «MacParto» de atención a la
maternidad empezó a remplazar mejores y más saludables sistemas
locales de atención materno-infantil. La característica clave
del modelo «Macparto» es la utilización frecuente de drogas
farmacéuticas y de tecnología médica que genera ingresos a
ciertas empresas. Digámoslo claramente: un alto porcentaje de
partos sanos, naturales en cualquier país es una mala noticia
para estas empresas. Sin embargo, esto es bueno para la salud
pública, y esto es lo que debemos subrayar a la población, a los
ministros de salud y a los gobiernos de nuestros propios países.
Las empresas no colocan a la salud pública entre sus
prioridades. Nosotros lo sabemos cuando vemos el crecimiento
incontrolado y la extensión de la biotecnología, de los
alimentos y los medicamentos genéticamente modificados, la
energía nuclear, los tratamientos hormonales substitutivos, la
medicina de la fertilidad, la cirugía estética, impresionantes
campañas de marketing para vender todo lo citado a gente que
realmente no necesita de estos productos y servicios. Los
beneficios son el único motor de estas empresas y debemos ser
conscientes de ello. El sueño de las empresas en cada país del
mundo sería que las mujeres planifiquen la fertilidad desde su
más temprana edad tomando pastillas anticonceptivas hasta que
estén listas para tener una familia, que programen sus partos
por cesárea precoz, que aquellas que quieran parir por vía
vaginal deban justificar su opción, que la depresión postparto
que resulte sea tratada con drogas, que todos los bebés sean
alimentados con alimentos especiales, que las mujeres tomen
hormonas durante la menopausia y continúen tomando por el resto
de sus días.
Por
todo ello, vale la pena estudiar lo que ocurrió en EU a
principios del siglo XX, en un tiempo en el que las mujeres
aprendieron a temer sus propios cuerpos. Cuando las mujeres
respetan sus propios cuerpos y entienden como acceder a su
química interna para facilitar el parto y la lactancia, las
estrategias de marketing no funcionan.
Es
fácil difundir miedo a través de los medios de comunicación.
Hollywood lo ha demostrado. Cuando analizamos el crecimiento de
las tasas de cesáreas en la mayoría de los países europeos en
las últimas dos décadas, debemos reconocer que las películas
americanas y los programas de televisión tienen una gran
responsabilidad en la difusión y el marketing de la tecnología
en torno al parto y al nacimiento. Debemos ser muy creativos e
inteligentes cuando ideamos estrategias para convencer a las
mujeres de que sus cuerpos no son máquinas deficientes y que la
manera más cara no es siempre la mejor manera. De lo contrario,
el mundo de pesadilla que creamos nos destruirá a todos.
Yo
sugiero que hagamos el mundo para las generaciones futuras
protegiendo el principio básico de las comadronas que creen que
el cuerpo de las mujeres ha sido maravillosamente creado para
realizar el acto de dar a luz y que enseñemos a las mujeres (y
al público en general) cómo el parto institucional tiende a
socavar la confianza de las mujeres en sus propias capacidades.
Esta será una gran tarea, pero yo creo que es realizable.